Página 12. El teatro sin público no conforma a los trabajadores del sector.

Hace poco más de dos semanas el Gobierno de la Ciudad aprobó el protocolo para la realización de actividades teatrales sin público. Lo que no implicó, bajo ninguna circunstancia, “la vuelta del teatro”. “El teatro sin público no existe”, afirman con énfasis trabajadores del sector. La nueva norma, acordada junto con la Fundación Huésped, asociación civil Espacios Escénicos Autónomos (ESCENA), Asociación Argentina de Empresarios Teatrales y Musicales (AADET), Asociación Argentina del Teatro Independiente (ARTEI) y otras entidades ligadas a la actividad, posibilita retomar ensayos, capacitaciones, tareas administrativas y de mantenimiento de las salas. También habilita que los actores vayan a los teatros y las obras se transmitan en vivo por internet.

El teatro El Extranjero, por ejemplo, ya presentó un concierto bajo esta modalidad y tiene armado un servicio de streaming para quien quiera utilizarlo, pero por ahora prácticamente no está funcionando. Los costos que conlleva realizar una transmisión de ese estilo, y que a su vez sea de calidad, excluye a los teatros más pequeños y con menos recursos económicos. “El streaming es un formato que le viene mejor a ‘las figuras’ que tienen espalda, dinero y producción para poder costear esos valores. El protocolo en sí y el momento en el que se publica parece una tomada de pelo”, explican desde la agrupación Profesorxs Independientes de Teatro (PIT). En este contexto, donde la reapertura de actividades no hace más que volver a exponer la precarización del sector, la mirada de algunos actores pertenecientes a la actividad escénica porteña no es para nada optimista.

Aquellas declaraciones de Carlos Rottemberg (integrante de AADET) realizadas en el mes de marzo, cuando aseguró que “para el teatro, 2020 ya se terminó”, al día de hoy parecieran ser un hecho. Sin embargo, sobre el protocolo, el empresario teatral remarca su importancia por lo que éste pudiera implicar en el futuro: “La actividad teatral sin público es la fase 1 del protocolo y es necesaria. Si no pasamos por la fase 1, mal podríamos llegar a la 2 que es cuando ya empieza a poder imaginar funciones con público”. En un sentido similar, Mariano Stolkiner, uno de los gestores de El Extranjero, que participó en la redacción del documento entiende que se trata de “un avance en el sentido de poder volver a las salas y de trabajar sin una computadora de por medio”.

Por su parte, Liliana Weimer, presidenta de ARTEI -que representa a referentes de un centenar de salas de la Ciudad- manifiesta que “el protocolo es un pequeño pasito, pero no cambia la realidad del sector porque los gastos fijos de una sala siguen corriendo. En economías tan endebles es fundamental tratar de llegar con la sala al momento que se pueda abrir y se retome la actividad. No creo que lleguemos todas, según viene pintando el panorama. Mi mirada no es optimista, sino todo lo contrario”.

Además, destaca que el cuidado sanitario de las personas involucradas no es tarea sencilla para el responsable de la sala. El protocolo establece medidas para garantizar la salud de las personas, y el control de la propagación del virus. Una de ellas, indica que los titulares o responsables de los lugares donde se efectúen las tareas deberán garantizar, entre otras cosas, las condiciones de higiene, seguridad y traslado para que los trabajadores y trabajadoras lleguen a sus lugares de trabajo sin la utilización del servicio público de transporte. Tal como detalla Weimer, los dueños o responsables de los espacios deberán asumir un gran compromiso que tan sólo algunos podrían llegar a solventar.

Hoy por hoy, hay dos puntos fundamentales que limitan el trabajo de muchos espacios y compañías. Uno es el factor de ocupación, ya que el protocolo establece que puede haber 1 persona por cada 15 metros cuadrados, cuestión que limita enormemente la posibilidad de trabajo en las salas más pequeñas. El otro, la imposibilidad de romper la distancia de un metro y medio entre personas incluso en momentos de cruces circunstanciales y propios de la escena. Para Stolkiner, “estas dos cuestiones terminaron por limitar el radio de posibilidades de trabajo a un número de salas muy bajo”.

En cuanto a la habilitación del streaming en esta primera etapa, Rottemberg sostiene que “no soluciona el problema de la masa de actores a nivel laboral” y que “la experiencia virtual puede servir fundamentalmente para monologuistas, pero nadie podría sostener los inmuebles costosísimos con mucho personal agremiado y en ubicaciones privilegiadas por hacer una función de una experiencia virtual”.

Si bien nadie desconoce la importancia de la salud y de no desviar la atención de ahí, en el mientras tanto, los trabajadores de la cultura reclaman al gobierno porteño que decrete la emergencia cultural en la Ciudad de Buenos Aires. La Asociación de Profesionales de la Dirección Escénica Argentina (APDEA), así como también los docentes agrupados en PIT, son algunas de las agrupaciones que trabajan activamente sobre el tema.

Desde PIT, organización nacida al calor de la cuarentena, sostienen que “el nuevo protocolo no es una buena noticia”. No sólo no habilita su actividad, sino que consideran que transmite una sensación de falso alivio al sector. “No es lo que esperábamos como respuesta a cinco meses de diálogo. La verdad que no lo podemos considerar un avance, sino más bien un retroceso. El viernes pasado, el ministro de Cultura de la Ciudad, Enrique Avogadro, se conmovió en una entrevista con Víctor Hugo Morales y habló de ‘entender que estemos angustiados’ por la situación por la que pasa el sector. Lo vivimos como una provocación. Él tiene en sus manos la posibilidad de decretar la emergencia cultural o de impulsar su debate en la legislatura”, afirman.

Si bien desde APDEA consideran que la situación actual del sector está paralizada y que la comunidad está agonizando, piensan que el protocolo representa un avance en la medida que “se pone el ojo en esta gravísima realidad” y se la reconoce desde los organismos oficiales. “En la práctica, se va a ver la factibilidad de los requerimientos de protocolos y quiénes quedan realmente contenidos y quiénes fuera de los mismos”.

Sobre la realidad del sector no hay dudas y todos coinciden: los teatros fueron los primeros en cerrar y serán los últimos en abrir. Y, por ahora, la palabra que más resuena es “subsistir”.

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